La masificación también hace que muchos tokiotas, en ocasiones, parezcan egocéntricos. La multitud arrolladora no duda en pisar a un vagabundo sin detenerse a pensar si está vivo o muerto. De hecho, no falta quien afirma que, exceptuando a la familia y a las amistades cercanas, la mayoría de los tokiotas no muestra la más mínima preocupación por el resto de la humanidad.
Y aún así, el índice de criminalidad es mínimo. Tokio es aún uno de los pocos lugares del mundo en los que un trabajador borracho podría desplomarse en la calle y despertarse más tarde sin que nadie le haya robado: por lo general, salvo las bicicletas, los miembros de una misma tribu no se roban entre sí. Los templos y los santuarios permanecen abiertos día y noche sin sufrir el más mínimo incidente, y los únicos lugares donde pueden verse grafittis son aquellos en los que merodean los jóvenes occidentales.
Sin embargo, los homicidios y los atracos van en aumento, y las violaciones son cada vez más frecuentes, sobre todo en verano, época en que las puertas y ventanas se dejan abiertas. No obstante, las estadísticas son poco fiables, ya que no suelen denunciarse los abusos cometidos contra las mujeres. Los recién llegados acusan el ruido, sobre todo en las zonas comerciales y en las estaciones: los sonidos, luchan por captar la atención del ciudadano, y la única manera de mantener la cordura es imitar a los nativos: desconectando del entorno.
Pueden verse arte urbano en zonas como harajuku y no precisamente porque merodeen los jóvenes occidentales, hay muchas tribus urbanas en tokyo que hacen grafiti y en la mayoría de ellas no se permiten gaijin.
ResponderEliminar